La inútil obsesión de Facebook con los nombres reales

Ene 12, 2017 | Privacidad

El 27 de diciembre, Facebook le notificó a Mala Madre, columnista del portal Animal Político, que su perfil sería revisado debido a una posible infracción de sus normas comunitarias. Al día siguiente, la cuenta fue suspendida.

De acuerdo con la afectada, el argumento de Facebook fue que no estaban seguros que el nombre Mala Madre representase a la columnista como persona, sino que tenían la sospecha de que era “una organización, negocio, marca o idea” utilizada con fines comerciales. Mala Madre intercambió varios correos con la oficina de Facebook, recibiendo cada vez un trato más despersonalizado.

“Hasta ahora no ha habido poder humano que los saque de su posición. Al parecer no entienden cómo puedo ser Mala Madre y cómo mis amigos me pueden conocer así. Ni porque les expliqué el trabajo que me ha costado y lo felices que estarían mis hijas de dar su testimonio. Tampoco entienden que va más allá de la identidad y que se trata más que nada de una cuestión de principios. De un statement. Que nadie me paga por ser Mala Madre, que es algo que me sale del corazón. Que mi seudónimo no me hace un personaje anónimo.”

Al día de hoy, las normas de comunidad de la red social señalan que “las personas se conectan en Facebook con sus identidades reales. Al respaldar sus opiniones y acciones con reputación y nombre reales, la comunidad es más responsable”. Facebook defiende su postura afirmando que el requisito del uso de nombres reales “ayuda a crear un entorno más seguro”.

Esto último es un supuesto: un dogma en el que han basado sus reglas y que ha sido severamente cuestionado. En “The Real Name Fallacy”, J.Nathan Matias, investigador del MIT Media Lab Center for Civic Media, recopila una serie de estudios que demuestran a) que el acoso y la discriminación son problemas socioculturales, no solo conductas en línea; b) que revelar información personal expone a las personas a mayores riesgos de acoso y discriminación; c) que requerir los llamados “nombres reales” no comprende cómo las personas gestionan su identidad en múltiples contextos sociales, exponiendo a la gente más vulnerable; o d) que las empresas que resguardan datos de usuarios con nombres reales los exponen más ante un posible ataque informático o filtración.

Matias indica que la culpabilización del anonimato se deriva de lecturas erróneas de teorías de la década de los ochenta; concepciones infundadas que Facebook ayuda a mantener con sus políticas. Grupos como la Coalición sin Nombre (Nameless Coalition) han pugnado para que la red social abandone su política del nombre real, ya que esta medida es perjudicial para comunidades como las personas cuya identidad legal difiere de su identidad sexogenérica, o aquellas que por razones de género, religión o ideología política usan seudónimos para protegerse de la represión y el acoso.

Como menciona Mala Madre: “no soy la primera a la que Facebook le suspende la cuenta y por las razones equivocadas. Y supongo que no seré la última. Mientras tanto le ceden espacio al acoso y hasta a las venganzas de gente ociosa”. Aunque Facebook sí relajó su política a finales de 2015 (permitiendo, por ejemplo, el uso de apodos si son variaciones del nombre real o ampliando el tipo de documentos para identificarse), la medida dista de ser óptima.

Así, el caso de Mala Madre es el enésimo ejemplo que muestra la inútil obsesión de la red social con los nombres reales, así como la inconsistencia y la falta de rendición de cuentas con que Facebook –y otros intermediarios de Internet– adoptan e implementan políticas que, lejos de proteger a las personas como pregonan, terminan por afectar los derechos de sus usuarios y usuarias.


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